Equilíbrate en el precipicio y recupera tu forma de nada, que el viento nunca tuvo una idea mejor. Salta desde una piedra pequeña de esas insignificantes a las que solo tú prestas atención. Lánzate y lee tu mente, parece tan indescifrable como lo era la canción que me cantaste. No solías decir si a no ser que te mirasen a la cara, resultaba fácil ponerte cadenas y ojos de pena. Respirar se te daba bien aunque no hubiera nada en tus pulmones más allá del alquitrán de nuestros cigarros enemigos. Y en eso consistía todo, en odiar y acariciar párpados cerrados. No queríamos ver los bancos vacíos ni nada que nos recordase que estábamos solos. No parabas de imaginar cometas y fresas ácidas de las más rojas de tu frutería favorita. Nadie tiene fruterías favoritas, al menos nadie las elige como tu. Siempre fuiste así, miedo e improvisación elevadas a potencias desconocidas. Y quizás esa sea la palabra, desconocido.
El final no empieza hoy
No sabes la suerte que tienes de desquiciarte sin ver lo que pasa por tu mente.
Nunca adivinarás de qué color son las alas de las mariposas porque a ti no se van a acercar.
Dejar de pensar pensando no funciona cuando pintas paredes de blanco.
Mirar el sol y no cegarte, saber que no lo ves porque está tan lejos que no te alcanzan las miradas.
Tomar un trago de esos que te dejan con ganas de más y tienes que seguir nublándote.
Como esos días que no quieres conocer pero que sabes que conocerás.
Llena un cubo verde de recuerdos grises y espera a ver el resultado de la mezcla.
Tiralo, deshazte de las llaves cuando puedas, si es pronto mejor.
Que mañana nunca llega si lo esperas mirando atrás.
No sabes caminar sin manos ni soñar sin ojos.
Abre la ventana otra vez, que vendrán los cambios y el invierno lo borrará todo.
Puede que se aprenda algo
En el edificio con luces día y noche, habita gente desamparada por la suerte. Gente que no sabe lo que tiene hasta que no llega a ese lugar, donde algunos descubren que no tienen nada. Cada uno con su loca cabeza, su loco corazón o sus heridas superficiales o demasiado profundas como para descubrirlas. Pero están allí, irremediablemente, esperando la solución que les solucione, que les haga seguir adelante.
Algunos no salen nunca, otros salen con los pies por delante y otros caminan, simplemente caminan, deseando no tener que volver y viendo el infinito de manera diferente, desafiando a la rutina y luchando. Pero todos ellos tienen en común ciertos momentos de esperanza, que según su duración, marcan el comienzo de su vida. Cuentan hacia atrás desde 0, como si nada hubiera pasado, como si desearan que todo continuase. Se ríen entre ellos, conocen gente que quizás no vuelvan a ver, pero que son importantes. Y es que hay nombres que nunca se olvidan. Como Joaquín, que supo ver el final pero no vio el principio, que deseo aprender a caminar sin pies, pero no pudo.
Circo
Pégate tan fuerte a mí que solo por eso resulte fácil separarse,
Porque se sabe que todo seguirá en el mismo lugar el día de después.
Bebe un trago lento, cerveza, de esos que me hacen sentir tan tibia.
Regálame una montaña de arena que no se vuelva tiempo al ser amontonada.
Inventa un frasco de cristal y recoge poco a poco cada pedazo de mí.
Invierte tus momentos en una hucha compartida a trazos de acuarela
Y cuéntame cada una de tus caídas de ojos cerrados y manos abiertas.
Que siempre se cae con manos o rodillas, como si el resto del cuerpo no estuviera.
Y existen tantas estrellas que sé que alguna tendrá que ser mía,
Como si de verdad me perteneciera.
Agárrate que empieza la montaña rusa a volvernos locos
Y si nos soltamos caeremos en esa espiral que nos rodea.
Abre el circo y hay tantos payasos que no se me escucha entre tanta risa.
Lucidamente cerveza
Nada que temer, nada a lo que tener miedo.
Y aún así no se puede parar de temblar.
Temblar y pensar en el pasado
Y en volver a empezar.
Como pican las horas que no volverán
Y ni siquiera son horas,
Que hora es solo una palabra,
Un invento maquiavélico
De algún inventor esquizofrénico
Que necesitaba ordenar el tiempo
Para poder entenderlo.
Y que me digan que los días existen
Que me da igual,
Yo se que son la sucesión de momentos,
De vida que se escapa
En suspiros a contratiempo.
Dormir se vuelve difícil a ratos.
Pero a veces es tan fácil…
Eso si que asusta.
Que los abrazos no sean
Prestamos hipotecarios y
Que se den sin esperar nada a cambio.
O quizás si, esperando mucho,
Quizás esperando instantes,
De esos que no se van nunca.
Esperando paseos bajo la lluvia.
Castillos de cristal
Paraíso artificial creado por algún ciego que confundió los colores y el tiempo.
Se mueve entorno a mi aquel pavo real violetamente violento que no para de mirarme.
A contraluz es como mejor se ve cuando ves algo interesante.
Pero no había nada interesante en el bosque oscuro perseguidor de mentes.
Obtusidad triangular dándole sentido a todo lo que no lo tiene.
Sentidos que se nublan y se multiplican cuando la vida vence y te va bien.
Todavía no se ha inventado el color en los castillos de cristal que saludan desde el cielo.
Hay momentos en que deja de verse en blanco y negro y el sepia predomina.
Me pregunto de qué color verá el cielo aquel que no ve más allá de si mismo.
Me pregunto de qué color verá el cielo aquel que no ve más allá de si mismo.
Escondite inglés
Y sigue girando la vida a quemarropa, sin darte cuenta, sin ver a que camino lleva. Con contrabando en la maleta que desea ser requisado para dejar de pesar, y de doler. Que el peso es lo que tiene, que pesa y te deja la espalda rota, como tantas otras cosas que se rompen por no llevar el embalaje apropiado.
Sería más fácil si se pudieran forrar las mañanas con burbujas de esas, que explotándolas te relajas.
Y no cansa la vida que te empuja, que te lleva a donde no debes ir, pero quieres. Y ojala que el miedo no te recoja, que no te dé la mano nunca, que vale más perderse que viajar en su compañía.
Jugar al escondite inglés, quedarse quieto y que no te pillen en un renuncio. No moverse. 1, 2, 3. Quietos, todos quietos. Como si se pudiera parar el tiempo por pararse una persona. Pero da igual, no te vas a mover pase lo que pase.
Escóndete, no vuelvas a mirar de reojo. Mira de frente, con la cara bien lavada y a los ojos, sin faltar una sonrisa a medias. De las que llenan más que nada.
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